En el caminar cotidiano de la fe, es común escuchar y pronunciar la frase: «La Paz del Señor». Para muchos puede parecer un simple formalismo o una costumbre dominical; sin embargo, tras este saludo se esconde un significado táctico de un valor incalculable. No es solo un deseo amable, sino la proclamación de un estado espiritual superior que nos distingue como seguidores de Cristo.
Las dos vertientes de la Paz
Para comprender la profundidad de este saludo, debemos distinguir entre las dos dimensiones de paz que existen:
- La paz que el mundo da (Material/Humana): Es una paz basada en tratados y esfuerzos humanos. La historia nos revela su fragilidad: en cinco milenios se han roto más de 8,000 tratados y se han librado 14,000 guerras. Es una paz imperfecta, insuficiente e inestable, porque nace de mentes vulnerables y a menudo termina en frustración.
- La paz que Cristo da (Espiritual/Divina): Es perfecta y suficiente. Jesús fue claro al establecer la diferencia: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27).
Esta paz no depende de las circunstancias externas, sino de una riqueza interior que sobrepasa todo entendimiento.
El Valor Intrínseco: ¿Qué es realmente la Paz?
La Paz del Señor es un estado de hermetismo y gracilidad que protege el alma del cristiano. Es la manifestación de la presencia de Dios que nos libra del pecado y nos conduce a la meta final: la Santidad. Como bien nos recuerda la Escritura: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14).
El perfil de un «Hijo de Paz»
Llevar la paz de Dios no es una etiqueta, es un estilo de vida que se manifiesta en acciones concretas. Un verdadero hijo de paz se reconoce porque:
- Edifica con su lengua: Evita el chisme, la calumnia y el lenguaje vulgar. Su hablar es limpio, honesto y siempre anima al prójimo.
- Refleja dominio propio: Jamás agrede, insulta o se burla. La ira y el odio no tienen lugar en su corazón.
- Promueve la convivencia: Invita siempre al respeto, la obediencia, la tolerancia y la paciencia.
- Es transparente: Vive en la verdad, sin hipocresías, y mantiene una sonrisa limpia que comparte con alegría.
La responsabilidad de saludar con «La Paz del Señor»
Aquí reside el punto de mayor reflexión: ¿Tenemos el derecho de ejercer este saludo? Saludar con la paz de Dios implica una limpieza espiritual. Si en el corazón se esconde el odio, la envidia, la infidelidad o negocios ilícitos, el saludo se convierte en una contradicción. No podemos intentar burlar a Dios (Gálatas 6:7), ni ser de aquellos de los que el Señor dijo: «Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí» (Isaías 29:13).
Si hoy sientes que tu vida está disipada o que tu testimonio no es íntegro, recuerda que en Cristo siempre hay una nueva oportunidad. Él nos invita a dejar el mal y seguirlo limpiamente para que, al encontrarnos con nuestro hermano, podamos decir con total libertad y autoridad espiritual: ¡La Paz del Señor!.
Publicado por Temas Doctrinales




