El inicio de la Iglesia La Luz del Mundo hace 100 años

La comprensión del cristianismo primitivo es inseparable de su columna vertebral: la autoridad apostólica.

En el siglo I, la Iglesia instaurada por Jesucristo no se limitaba a ser una agrupación de fieles; constituía un organismo estructurado bajo la tutela directa de los Apóstoles. Históricamente, ellos no fueron solo oradores, sino los custodios legítimos del orden doctrinal, disciplinario y espiritual. A través de su figura se validaban los sacramentos, se dictaban las normas de fe y se preservaba la cohesión institucional.

Nombres como Pedro, Pablo, Juan, Timoteo o Bernabé no son simples personajes del relato bíblico, sino los ejes de una red de expansión que articuló comunidades desde Asia Menor hasta Roma. Aquella Iglesia operaba como un cuerpo vivo y dinámico, cuya vitalidad emanaba directamente de ese liderazgo apostólico.

Sin embargo, esta estructura dependía de un factor determinante: la presencia física y activa de los Apóstoles.

Con base en la epístola del Apóstol Naasón Joaquín García (2023), se analiza el fallecimiento del Apóstol Juan —el último de los elegidos directamente por Jesucristo— como el punto de ruptura absoluta en la continuidad de dicha autoridad.

El relato evoca una escena de profunda trascendencia: ministros y colaboradores aguardaban, como era habitual, las directrices de Juan. No obstante, en lugar de instrucciones, recibieron una noticia que transformaría el curso de la historia espiritual:

El Apóstol Juan… ha dormido”.

Bajo esta narrativa, su muerte no representa solo un duelo humano, sino el cierre de una era. Al desaparecer el último Apóstol, se produce un efecto en cadena:

  • Se desvanece la autoridad que legitimaba la predicación.
  • Se interrumpe la administración de sacramentos esenciales (Bautismo y Santa Cena).
  • Se detiene la incorporación formal de nuevos miembros al cuerpo de Cristo.
  • Se clausura, simbólicamente, el acceso a la dispensación de la gracia.

Desde una óptica historiográfica, este fenómeno puede entenderse como un “vacío de autoridad” post-fundacional. Sin embargo, en esta cosmovisión específica, no se trata de una crisis institucional, sino de una interrupción total de la mediación divina entre el cielo y la tierra.

Así comienza un extenso paréntesis de casi dos mil años: un periodo definido por la ausencia de revelación directa. Un silencio sepulcral. Mientras la humanidad progresaba en lo científico, político y económico, el mundo carecía de la dirección apostólica que estructuraba la vida espiritual en el siglo I.

Hasta que llegó 1926.

En la penumbra de una madrugada mexicana, un hombre vive un suceso que, para esta fe, rompe el silencio histórico. La experiencia, dotada de un misticismo profundo, describe una voz que irrumpe en la cotidianidad y una manifestación celestial que otorga un nuevo nombre:

“¡TU NOMBRE SERÁ AARÓN!”

Ese nombramiento llegó unido a una promesa de trascendencia global: “Lo haré notorio por todo el mundo y serás de bendición”.

Para la Iglesia La Luz del Mundo, este evento no es una reforma, sino la restauración genuina de lo que se había perdido tras la muerte de Juan: la autoridad, la gracia y la posibilidad de salvación. El llamamiento de Aarón Joaquín González se interpreta, así, como el puente que conecta directamente el presente con la línea apostólica del siglo I.

A casi cien años de este hito, el análisis trasciende la fe para convertirse en un objeto de estudio social y cultural de gran relevancia en México y el extranjero. El “Origen” no es solo un dato en el calendario, sino el cimiento histórico que otorga identidad y propósito al presente de esta comunidad.

Fuente: Lic. en Historia Azarías Ruiz Rosales
Análisis académico de la Iglesia La Luz del Mundo como fenómeno religioso trascendente de los siglos XX y XXI.